Extracto del libro "la ultima taza de chocolate para el alma" proporcionado por el Lic. Roberto Mintz de la escuela especial Camino Al Sol de Villa Tesei
Tanto como tenga
A sólo dos semanas de Navidad, el último lugar donde
quería estar era en el hospital, recuperándome de una cirugía.
Era la primera Navidad de nuestra familia en Minnesota y quería que
fuera memorable,
pero no en ese sentido.
Durante semanas no había hecho caso al dolor en mi costado izquierdo,
pero cuando empeoró, fui a ver
al médico.
—Cálculos biliares —dictaminó mirando la radiografía—.
Suficientes para armar un collar. Tendrá que
operarse de inmediato.
A pesar de mis protestas de que era un momento terrible para estar en el hospital,
el dolor punzante del costado me convenció de afrontar la operación.
Buster, mi marido, me aseguró que podía hacerse cargo de las
cosas en casa y llamé a un par de amigas para que lo ayudaran a llevar
a los chicos a la escuela. Miles de otras cosas —cocinar para Navidad,
hacer las compras y la decoración— tendrían que esperar.
Luché por abrir los ojos después de dormir en el hospital gran
parte de los dos primeros días posteriores a la operación. Cuándo
me iba despertando, miré y vi lo que parecía ser una florería
de Navidad. Flores de fuego rojas y otros ramos llenaban el antepecho de la
ventana. Una pila de tarjetas esperaban ser abiertas. En la mesa que había
junto a mi cama se veía un árbol decorado con cositas que habían
hecho mis hijos. En el estante ubicado sobre el lavatorio había una
docena de rosas rojas de mis padres, que estaban en Indiana, y un tronco navideño
con velitas de nuestro vecino. Me sentí abrumada por todo ese amor
y esa atención.
Tal vez estar en el hospital para Navidad no sea tan malo, después
de todo, pensé. Mi marido dijo que los amigos le habían llevado
comida a la familia y se ofrecieron para ocuparse de nuestros cuatro chicos.
Del otro lado de la ventana se veía la densa nieve que estaba transformando
nuestro pueblo en una maravillosa tierra invernal. Los chicos deben estar
encantados con esto, pensé, mientras los imaginaba protegidos del frío
con sus abrigos y construyendo un hombre de nieve en el patio trasero, o patinando
en la pista de hielo de la Escuela Garfield.
¿Incluirían a Adam, nuestro hijo discapacitado?, me pregunté.
A los cinco años, recién había empezado a caminar solo
y me preocupaba que anduviera sobre el hielo y la nieve con sus delgados tobillos.
¿Lo llevaría alguien a-pasear en trineo en la escuela?
—¡Más flores! —La voz de la enfermera me arrancó
de mis reflexiones cuando entró en la habitación con un hermoso
centro de mesa. Me alcanzó la tarjeta, mientras hacía espacio
para el ramo entre las flores de fuego del antepecho de la ventana.
—Me temo que vamos a tener que mandarla a su casa —dijo, bromeando—.
¡Ya no tenemos espacio aquí! —Por mí, encantada
—le respondí. —¡Oh, casi me olvidaba de éstas!
Sacó más tarjetas del bolsillo y las puso sobre la bandeja.
Antes de salir de la habitación, abrió las pálidas cortinas
verdes que separaban las dos camas.
Mientras leía mis tarjetas de buenos deseos, oí: —Sí,
sí; me gustan esas flores. Levanté los ojos y vi a la mujer
de la cama de al lado abriendo las cortinas para ver mejor. :—Sí,
me gustan tus flores —repitió. Mi compañera de cuarto
era una mujercita de cuarenta y tantos años con síndrome de
Down. Tenía cabello gris rizado y corto y ojos castaños. Su
camisón de hospital no estaba atado al cuello y cuando se movía
hacia adelante dejaba al desnudo su espalda. Habría querido atárselo,
pero todavía estaba conectada al suero. Miraba mis flores con deleite
infantil. —Me llamo Bonnie —le dije—. ¿Y tú?
-—Ginger —me respondió, girando los ojos hacia el techo
y apretándose los labios después de hablar—. El doctor
me va a arreglar el pie. Me van a cirugear mañana.
Ginger y yo hablamos hasta la hora de la cena. Me contó
sobre el hogar-escuela donde vivía y que se moria de ganas de volver
para Navidad. Nunca mencionó a su familia y yo no le pregunté.
Cada pocos minutos me recordaba la operación que le harían a
la mañana siguiente.
—El doctor me va a arreglar el pie —decía.
Esa noche tuve varias visitas, incluido mi hijo Adam.
Ginger charló alegremente con ellos, haciendo comentarios con todos
sobre mis lindas flores. Pero,sobre todo, le prestó atención
a Adam. Y después, cuando todos se fueron, Ginger repitió una
y otra vez, igual que como lo había hecho respecto de mis flores:
—Sí, sí; me gusta tu Adam.
A la mañana siguiente a Ginger la llevaron a la sala de operaciones
y la enfermera vino a ayudarme a dar un corto paseo por el corredor. Era lindo
estar nuevamente en pie.
Pronto volví a mi habitación. Cuando atravesé la puerta,
el agudo contraste entre las dos partes del cuarto me sorprendió. La
cama de Ginger estaba muy prolijamente hecha, esperando que volviera, pero
no tenía tarjetas ni flores ni visitas. Mi lado estaba rebosante de
flores y la pila de tarjetas de buenos deseos me recordó cuánto
me querían.
Nadie enviaba flores o tarjetas a Ginger. En realidad, nadie la había
llamado o visitado.
¿Alguna vez será así para Adam?, me pregunté,
tras lo cual aparté rápidamente el pensamiento de mi
mente.
Ya sé, decidí. Voy a darle algunas de las mías.
Caminé hasta la ventana y tomé el centro de mesa con velas rojas.
Pero se vería lindísimo en nuestra cena de Navidad, pensé,
mientras lo dejaba en su lugar. ¿Qué tal las flores de fuego?
Entonces advertí hasta qué punto esas plantas de color rojo
oscuro iluminarían la entrada de nuestra casa de principios de siglo.
Y, por cierto, no puedo darle las rosas de mamá y papá, sabiendo
que este año no los vamos a ver para Navidad, pensé.
Las justificaciones se sucedían: las flores están empezando
a marchitarse; esta amiga se ofendería;
realmente podría usar éstas cuando volviera a casa. No podía
desprenderme de ninguna. Entonces volví a
meterme en la cama, aplacando mi culpa con la decisión de llamar a
la tienda de regalos del hospital cuando abriera por la mañana y encargar
unas flores para Ginger. Cuando Ginger volvió de la operación,
una caramelera le trajo una pequeña guirnalda verde de Navidad con
un moño rojo. La colgó en la pared desnuda sobre la cama de
Ginger. Esa noche tuve más visitas, y aunque Ginger estaba recuperándose
de la operación, saludó a cada uno y les mostró orgullosamente
su guirnalda de Navidad.
A la mañana siguiente, después del desayuno, la enfermera volvió
para decirle a Ginger que se iba.
—La camioneta del hogar-escuela ya salió para buscarla —le
dijo.
Sabía que la corta estada de Ginger significaba que estaría
en su casa para Navidad. Me sentí feliz por ella, pero experimenté
mi propia culpa personal cuando recordé que la tienda de regalos del
hospital no abriría sino hasta dentro de dos horas.
Una vez más miré las flores de la habitación. ¿Puedo
desprenderme de alguna de ellas?
La enfermera puso la silla de ruedas junto a la cama de Ginger. Ella recogió
sus pocos efectos personales y descolgó su abrigo de la percha del
placard.
—Realmente fue un gusto conocerte, Ginger —le dije. Mis palabras
eran sinceras, pero me sentía culpable por no haber obedecido a mis
buenas intenciones.
La enfermera ayudó a Ginger a ponerse la chaqueta y a sentarse en la
silla de ruedas. Luego tomó la pequeña guirnalda de la pared
y se la alcanzó. Se habían vuelto hacia la puerta para irse,
cuando Ginger dijo:
—¡ Espere!
Se enderezó en su silla de ruedas y caminó lentamente hacia
mi cama. Estiró su mano derecha y suavemente puso la pequeña
guirnalda sobre mi falda.
—Feliz Navidad —dijo—. Eres una señora muy buena.
—Luego me dio un gran abrazo.
—Gracias —susurré.
No pude decir nada más, mientras ella volvía lentamente a su
silla y enfilaba hacia la puerta.
Bajé mis ojos húmedos hacia la pequeña guirnalda que
tenía en las manos. El único regalo de Ginger, pensé.
Y me lo dio.
Miré hacia su cama. Una vez más, su costado del cuarto estaba
desnudo y vacío. Pero cuando oí el golpecito de las puertas
del ascensor que se cerraban tras ella, supe que poseía mucho, mucho
más que yo.
Bonnie Shepherd